miércoles, 21 de marzo de 2012

En Tu montura...








Podría haber titubeado cuando soltaste mis ataduras y Te tendiste desnudo sobre la cama. Podría haberte preguntado que deseabas…que quería que hiciera en ese momento. Podría haberte pedido permiso para trepar a Tú montura… pero son tan grandes mis ganas de cabalgarte, tan grandes… que sin dudarlo un segundo, me senté sobre la aterciopelada firmeza de Tú vientre con la agilidad de una gacela…

Quizás esperabas esa reacción en mí… porque Tus manos, lejos de apartarme, se cuelan entre mis piernas, que se abren de par en par instintivamente como activadas por una memoria atávica, serpenteante hasta mis nalgas elevándome, separándome del contacto de Tú piel unos segundos eternos, para dejarme caer con suavidad en el centro de Tu montura… clavándome certeramente en tu cetro…

La sacudida que provoca la descarga a Tu contacto, activa el movimiento de vaivén de mis caderas, que bailan frenéticamente sobre Ti en una danza ancestral y salvaje, al ritmo de la música de nuestros propios cuerpos…

Apuro hasta el límite mi improvisada libertad. Tal vez sea la única vez en que me esté permitido. Por eso me sujeto, ahora que puedo, con las uñas a las riendas de Tu agitado pecho y Te cabalgo…

Te cabalgo con furia en una carrera loca… como la más experta amazona… como Atíla en su caballo…como los cuatro jinetes del Apocalipsis…

Te cabalgo hasta que mis espasmos hacen que me sea imposible mantener el control de mis caderas…hasta que mi espalda se arquea y mi placer se derrama en Tus muslos…hasta que con un gemido casi gutural, desplomo triunfante todo el peso de mi deseo, sobre las marcas de mis uñas en Tu pecho…





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